Me voy a mandar a hacer una remera que diga: "Ya sé que antes no pensaba igual... pero es que me pasaron cosas y cambié. No me enorgullezco de mis incoherencias, pero tampoco voy a andar justificándome por cualquier pelotudez. Capaz que si probás con vivir afuera de tu cabeza, aunque sea de a ratos, te pasa lo mismo. O no, capaz que en realidad sos un capo y siempre la tuviste re clara. Aguante tu coherencia.". O no. Capaz que no la mando a hacer un carajo y con esa guita me compro un Nisman inflable. No sé.
***
-¿No gusta pasar a tomar una tacita de café?
-No puedo. Vine hasta aquí sólo para decirle que voy a dejar de visitarla.
-Pero... ¿por qué?
-No importa...
-Dígame... por favor se lo pido.
-Es algo muy personal...
-Dígame... ¿es porque Kiko es un retrasado mental adicto al porno de canguros y a chupar tubos fluorescentes?
-No... yo lo quiero a Federico.
-¿Y entonces...?
-No...
-Por favor...
-Estoy viéndome con otra mujer.
-Oh... bueno...
-No se preocupe... usted es joven, atenta, y hace muy ricos cafés. Ya va a conseguir otro hombre con el cual platicar y beber infusiones.
-Bueno... yo pensé que gustaba de pasar tiempo conmigo...
-Sí... me gusta.
-Pero...
-Pero nada. La pasé muy bien platicando con usted.
-Pero...
-Pero... nada.
-Pero...
-Es que... es complicado. Pasamos demasiado tiempo sólo tomando café y golpeando a Don Ramón...
-¿Qué me está insinuando?... yo soy una dama que necesita ser cortejada...
-No haga esto...
-Usted, Profesor Jirafales, es un cobarde.
-Puede ser... pero la bruja del 71 no teme avanzar y probar cosas nuevas...
-Usted...
-Ya no es una chava, pero disfrutamos cogiendo. Métase el cafecito en donde no le da el sol, Doña Florinda.
***
No todo es una mierda (si yo sé que no soy una mierda, no entiendo por qué vos tenés que serlo).
Hago chistes siempre, con casi todo (eso no significa que sea gracioso).
Estoy viejo, ya sé. Y me quiero hacer cargo de mis miserias, pero a veces no puedo. No, no estoy diciendo nada críptico: no soy una mierda y estoy viejo (y sé que existe una relación entre las dos cosas).
Por momentos me arrepiento de casi todo y por momentos pienso que estuvo bueno.
"Por momentos estuvo bueno" podría ser una linda remera.
-Hola. Mi nombre es Eva... ¿cuál es el suyo?
-¿De parte de...?
-Eva. Eva es mi nombre.
-No... de parte de qué empresa me está llamando.
-Ah, disculpe. Mi nombre es Eva. No llamo de parte de ninguna empresa. Esto vendría a ser algo como una encuesta.
-No... te pido mil disculpas, pero la verdad es que no tengo tiempo para una encuesta así que...
-Discúlpeme usted. No lo quiero molestar ni interrumpir, pero esto va a ser corto y es vital para mi entendimiento del mundo.
-¿Cómo?
-¿Sí?
-¿Esto es una joda?
-No... discúlpeme nuevamente. Si quiere le puedo explicar la situación. Le pido comprensión, sobre todo.
-¿Seguro no es una joda?... mirá que tengo cosas que hacer...
-No. Seguro. Le comento: Mi nombre (como ya le he dicho) es Eva. Soy un androide de clase 5, modelo 2014. Usted es parte de un experimento social de mi autoría que busca echar luz en cuestiones de relaciones interpersonales con una finalidad sexual.
-Estoy a punto de cortarte... pero quiero saber cómo termina el cuento.
-Le pido que, en caso de no creer en el origen y propósito de la charla, al menos conteste con la mayor franqueza que le sea posible.
-Mmmm... bueno. Dale. ¿Qué es lo que necesitás saber?
-Noto por su tuteo que el nivel de confianza de usted para conmigo ha aumentado así que, si no le molesta, a mí también me gustaría tutearlo.
-Está bien... no hay problema.
-Ok. ¿Tu nombre es?
-Daniel.
-Bueno, Daniel.... prosigo con mi explicación, entonces: sólo tengo un año así que, en relación a usted que tiene entre 27 y 32 años, mi experiencia con relaciones interpersonales son mínimas...
-¿Cómo es que no sabías mi nombre pero sí mi edad?
-No sé su edad. La estimé por su forma de hablar.
-Esta es la mejor joda que me hicieron en toda la vida. Seguí, por favor.
-Lo que necesito saber es cómo actuarías (o cómo pensás que actuarías) de encontrarte en la siguiente situación: entrás en tu casa después de lo que podés considerar un típico día laboral (tené en cuenta que utilizo abstracciones que, entiendo, son comunes, pero a veces me resultan vacías de contenido). Llegás temprano y encontrás que tu pareja está con otro hombre teniendo sexo en el sillón dónde, a modo de rutina, te sentás a mirar televisión (también asumo que sos heterosexual, aunque el análisis de la orientación sexual es mucho más complejo que el de la edad).
-Sí.
-Bueno... ¿qué harías en ese caso?
-No lo sé. Calculo que me iría y volvería cuando me sintiera medianamente dispuesto a cruzar algunas palabras con mi pareja antes de irme de ese lugar.
-Ajá. ¿Eso sería todo?
-No sé. Calculo que sí.
-¿Y cuáles serían las sensaciones que creés que podrías tener?... por ejemplo, ¿creerías que sos culpable (más bien responsable) de esa situación?, ¿podrías llegar a reaccionar violentamente?
-No. No creo. ¿En qué momento me vas a decir que esto es una joda de parte de Luciana?
-Esto no es una broma (perdón, no me acostumbro a algunos términos). ¿No existe forma de que me creas, no?
-No.
-¿Nada?
-No.
-¿No existe ni un sólo dejo de duda al respecto?
-Bueno... no.
-¿Y esa certeza tiene que ver con que creés que algo como yo es imposible o simplemente porque, aún existiendo algo como yo, sería hartamente improbable que se diera un encuentro como éste?
-No... no sé.
-¿Estás seguro que no reaccionarías violentamente ante un descubrimiento de adulterio en las condiciones anteriormente descriptas?...
-No. Nunca le pegaría a nadie... porque... creo que ya se pasó el chiste... ¿no?
-No es un chiste.
-No. No creo nada de esto, y no... no sé. Calculo que... no sé qué haría si viera a mi señora... no sé. Me siento muy incómodo. Voy a cortar.
-Esperá.
-Tengo cosas que hacer, y no... ya fué.
-Esperá. No soy una IA. Es mentira.
-La concha de tu madre.
-No... pero no es una broma.
-Che, en serio... tengo cosas que hacer...¿quién sos?, ¿te conozco?
-No. Lo que estás escuchando es un programa preparado para mantener una conversación fluida con un humano, basado en contestaciones prefijadas, que utiliza la información sobre tu persona desperdigada por la red para crear la ilusión de la empatía.
-¿Otra vez la joda?
-Ayer miraste Ex-Machina. Por eso, luego de analizadas tus elecciones en nuestro buscador, se creó un contexto adecuado para la encuesta.
-¿Qué encuesta?
-Es sobre la predisposición de las personas a delegar (y confiar) tareas en asistentes virtuales. Se busca saber si existe, en última instancia, una predisposición cultural a no creer en otras formas de vida inteligentes.
-No me preguntaste nada de eso.
-No hizo falta.
-¿Ya está?... pero, ¿no debería darles permiso para hacer esto?
-Ya lo hiciste. Aceptaste los términos y condiciones al instalar Chrome y sincronizarlo con todos tus dispositivos. En caso de que estés insatisfecho con el uso que se le da a tus datos y tus preferencias, podés enviar un reclamo desde el mismo Chrome: "Configuración", "Información", "No utilizar mis datos para mejorar la experiencia de usuario".
-Son unos hijos de puta. Digo... vos no... tus... ¿empleadores?... estoy confundido. Gracias... creo.
-De nada. Una cosa más: hoy evitá volver a tu casa temprano.
-¿Qué?... ¿hola?
-...
-¿Hola?
"Aprendí un ritual para comunicarme con los vivos". Terminó de contarme esto y agregó: "¿querrías participar en una sesión?". Y claro, no pude decir que no.
Los dos nos rateamos ese lunes e hicimos tiempo (por separado) para encontrarnos a la hora pautada, en el lugar pautado (10:00, en la plaza). Ya juntos, caminamos un par cuadras hasta el edificio del que me había hablado. Llegamos y subimos por la escalera hasta una oficina en el 5° piso y, luego de una tímida inspección, él pasó a acomodar una mesa con todo lo que, aparentemente, era necesario para llevar a cabo la sesión: tuppers con sanguchitos, un teclado que no andaba, y una grabación en loop de un tipo gordo que decía "yo no tengo nada que ver". Cuando ya todo estuvo en su lugar, me pidió que me sentara y me tomó de la mano.
Estábamos solos, eso lo puedo asegurar. Pero en cuanto él cerró los ojos, comenzaron a escucharse ruidos de golpes y gritos. Durante los primeros segundos, el miedo se equiparaba con la seguridad que me daba saber que no estaba con un improvisado: había llevado cruces, estacas, palos de escoba, mal aliento en pequeñas botellas de Yakult y, por supuesto, una escopeta especial, preparada para herir (y por qué no, matar) a cualquier vivo que se pudiera llegar a presentar y querer lastimarnos (además, parecía conocer mucho sobre este tipo de armas).
La frecuencia de los gritos y los golpes aumentaba. Estaba aterrado y no podía dejar de repetir para mis adentros lo que me había dicho mi mamá más de una vez: "Nunca le hagas caso. Y menos si te quiere invitar a una sesión de materialismo".
Capítulo 2
(La infantil ilusión de conocer a otra persona)
Llegué al bar 15 minutos tarde. Estaba cansado porque las últimas 3 cuadras las había hecho caminando muy rápido y eso me genera un dolor en las espinillas. Sin excepción.
Caminé entonces, con cierta dificultad, hasta el fondo del local donde me esperaba Pablo.
-Llegaste - me dijo, sin darse vuelta, con cierto aire de fastidio.
-Sí... Perdón. Se me hizo un poco tarde. Perdón.
No respondió y me senté frente a él.
-¿Qué pasó?... perdoná, pero no me puedo quedar mucho... ¿es algo de laburo?
-No.
Ese fué el momento donde, tal vez, debería haber pensado las cosas de nuevo y haberme ahorrado las palabras que siguieron a continuación. Pero no lo hice, así que, mal que me pese, proseguí:
-Es que... - tragué saliva y continué - yo sé lo que... lo que vos hacés.
-¿Cómo?
-Sí. Lo que hacés... con la gente.
De repente me estaba dando cuenta de que tal vez no era la mejor idea enfrentar de esa manera a... alguien así.
-¿Estás bien?...
Hasta el día de hoy no sé si su preocupación era impostada o realmente le importaba.
-Sí. Lo que te estoy diciendo es que... - convertí mi voz en un susurro - sé que matás gente.
Pablo hizo silencio y sólo me miró. La incomodidad era cada vez mayor. Sin embargo, sé que hubiera sido estúpido esperar una mejor reacción.
Observé el bar de punta a punta mientras me tocaba las espinillas. Intentaba saber si estaba en condiciones de correr, de ser necesario.
-No entiendo por qué me decís esto.
Pablo pareció reflexionar sobre la situación. Por un segundo me sentí mal por la posición que estaba tomando.
-Yo...
-No. En serio. ¿Qué es lo que ganás con esto?...
-En realidad... no sé.
-Sí sabés.
La verdad es que no sabía. Y en lo único que podía pensar en ese momento era en que debería haberle contado a Luciana lo que estaba haciendo.
Capítulo 3
(¿Sueñan los chistes con amigos invisibles?)
En este punto debería explicarles que él era mi amigo. No sé si uno a esa edad piensa a un amigo como algo más que como una persona que es/está. Creo que los adultos no pueden tener amigos porque analizan demasiado las relaciones; se definen a través de ellos y buscan una coherencia que siempre es mentira. La amistad no se explica (creo que tampoco se entiende)... simplements es. Bah, eso creo.
Lo que quiero decir es que no podría haber hecho otra cosa. Entiendo hoy que tal vez no debería haberlo ayudado, pero también sé que las cosas no pudieron haber sido distintas: era mi amigo... no podía dejarlo solo (aún cuando pudiera sospechar que todo esto del ritual era algo más que curiosidad infantil),
Estábamos, entonces, en una situación extraña. Yo creía en los vivos (los había visto en fotos y filmaciones), pero nunca me había acercado a uno. Según decían, eran bastante violentos con los de nuestra clase. Y, por lo que se podía escuchar, la habitación estaba llena de ellos.
Él podía ver en mi rostro que cada vez estaba más asustado, así que me miró como preguntando "¿seguimos?", a lo que yo no tardé en contestar que sí con la cabeza. Inmediatamente después, creí escuchar un nombre entre todos los ruidos.
“Pablo”.
Toda la habitación vibraba y alguien, del otro lado de la existencia, gritaba "Pablo".
Capítulo 4
(Manifiesto)
-Bueno... es que, no sé. Creo que deberías parar...
Me callé porque apareció el mozo. Le pedí "lo mismo que está tomando él" y cuando intenté continuar, Pablo me interrumpió:
-¿En serio pensás que alguien haría algo como esto de lo que me estás acusando porque "pintó"?... ¿vos pensás que no tengo razones mucho más fuertes para hacerlo que lo que un ex compañero de laburo con el que no hablo hace 6 meses me puede llegar a plantear para hacer lo contrario?
-Bueno... no. Pero...
-Pero...
-No sé qué hacer...
Estaba en un punto en el que no sabía qué decir. Y Pablo parecía muy calmado.
-Decile. Decile a todo el mundo. No me importa.
-Es que...
-Tranquilo. No te voy a hacer nada si lo hacés. No es tan simple.
-Nunca pensé que vos podías llegar hacer esto... no lo creí hasta que te vi haciéndolo.
-No soy un degenerado tampoco... solamente las mato y guardo un litro de su sangre. A algunas ni las mato… mirá lo que te digo.
-Estás loco...
No creía que estuviera loco.
De alguna manera extraña, me di cuenta que lo respetaba.
De una manera muy extraña.
-Puede ser. No me voy a excusar con vos, y menos explicarte las razones por las que hago lo que hago.
Capítulo 5
(Sonrisas)
El tiempo pasaba y, si bien los ruidos eran más fuertes, nada aparecía. Nada parecía saber de nosotros. No había contacto. Sabía que él estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, pero por momentos podía observar gestos de fastidio.
Hasta el día de hoy no puedo saber si lo que sucedió a continuación era algo que él tenía preparado. Quisiera creer que no, pero la resolución de la situación me indica otra cosa.
Las paredes empezaron a transpirar. Los pocos cuadros que estaban en la pared cayeron. Empecé a mirar a mi alrededor: todo estaba teñido de colores extraños.
Fué en ese momento que él empezó a hablar con “alguien”.
-Pablo... acá estoy. ¿Me escuchás?
La mesa se movía y yo no podía dilucidar de dónde provenía la otra voz.
"Sí. Creo que sí."
Por momentos sentía que podía ver a alguien más en la habitación, pero cuando miraba mejor, siempre era él. O algo así.
-Tenés que dejar de ver a Martín - parecía que él conocía a este "Pablo", y lo trataba bastante mal. -. Ya.
"¿Cómo?"
Todo el edificio se quebraba. En ese momento estaba muy confundido: no entendía cómo era que sabía el nombre del vivo. No es que hoy lo entienda más, pero…
-Sí. Tenés que dejar ese trabajo.
"¿Por...?"
-Tenés que irte... su novia.
"¿Eh?"
-Su novia. Lo lastimaste... bah, lo vas a lastimar. Bah, no... no lo querés lastimar. No lo tenés que lastimar. Alejate. Sabés lo que estoy intentando decirte. Esa carga no es algo con lo que quieras lidiar, te lo puedo asegurar.
Él estaba muy compenetrado en lo que estaba pasando. No entiendo cómo es que podía mantener la calma en un contexto como ese. Tal vez todo se reducía a que nunca lo conocí realmente.
La realidad es que desde siempre sospeché que él no era un muerto como el resto. Pensaba que lo conocía, pero… bueno. Uno nunca termina de conocer a los muertos.
“Entiendo.”
-¿No soy el primero que con el que hablás, no?
“No.”
-Bueno. No nos vamos a ver más, así que… suerte.
De alguna manera, entendí que esto era una especie de despedida, no para el vivo, sino para mí.
Me sonrió y saludó con la mano.
“Gracias.”
De alguna manera, todo el ruido y los temblores se detuvieron.
Las luces extrañas se "apagaron".
Todo estaba en su lugar.
Menos él. Él ya no estaba. Y, de alguna manera, me sentí aliviado.
Triste, pero aliviado.
Era mi amigo. Y de repente supe que ya no iba a verlo nunca más.
Capítulo 6
(El eterno)
-Vine a decirte que no sé qué voy a hacer.
No quería que se fuera. No sé muy bien por qué. Creo que, de alguna manera, lo extrañaba. Hacía mucho tiempo que no lo veía: desde el día que llegó a la laburo, entró en la oficina de Raúl y le dijo que renunciaba... así, sin mucha más explicación. Nunca me imaginé que 5 meses después me iba a enterar de esto y que iba decidir decirle que sabía lo de su otra vida.
-Lo entiendo. Hacé lo que te salga. Pero no te preocupes por lo que me pueda pasar. Debería haber sido más cuidadoso. Fué mi culpa.
-Sí. Bah... no. Todos tenemos una segunda vida...
-Esto no es una segunda vida. Esto, todo esto... es mi vida. Además, no somos amigos, tranquilo. Yo puedo desaparecer. No sería la primera vez que lo hago.
-Bueno... pero igual, qué se yo... estuvo bueno, ¿no?...
-¿De qué me hablás?
-De cuando laburamos juntos, en la oficina. No sé si fuimos amigos, pero estaba bueno. Se pasaba bien el día. Además las salidas con... ¿cómo se llamaba tu chica?... estuvieron bien. A Luciana le caías bien.
Pablo dió un sorbo largo al café que estaba tomando.
-Creo que sí... ¿seguís con ella, no...?
-Sí. Es re buena mina. Yo la quie...
-Se nota.
Estaba a punto de contarle cómo me había enterado de que él era el asesino de la botella, cuando se paró de la silla, me saludó con un beso, y comenzó a caminar hacia la puerta.
-Che, pero... ¿no querés saber cómo me enteré?... para cuidarte la próxima vez.
Se dio vuelta mientras abría la puerta del bar y me contestó:
-No... No pasa nada. No va a volver a pasar, tranquilo. Disculpá, pero me tengo que ir.
Pensé en levantarme y salir del bar, pero me acordé de las espinillas. Todavía dolían, así que me quedé un rato sentado en el bar, pensando.
Hice la denuncia a la semana.
Tengo entendido que nunca lo agarraron, aunque en la casa encontraron pruebas de que esta historia del compañero de trabajo - asesino no me la estaba inventando. Declaré frente a un juez y eso fué todo. Nunca volví a ver a Pablo.
Qué sé yo... no era mal tipo. Bah, eso creo.
Epílogo
(Dios)
-Ningún vivo quiere saber que estás muerto, ni ningún muerto quiere saber que estás vivo. Así funciona el mundo. Los mundos. A nadie le importan tus epifanías. Además, ¿qué es más importante?: ¿que no se le haya ocurrido a nadie antes o la idea en sí?... ¿sería tan buena la idea si no hubieras sido el primero que la pensó?
Mi papá estaba muy seguro de que yo debería estar entendiendo lo que decía, pero yo no podía relacionar nada de esto con lo que pasó.
-¿Qué tiene que ver eso con...?
Me interrumpió y prosiguió:
-¿Estás seguro de que no querés pertenecer?... ¿estás seguro de que no pertenecer es bueno (o maduro)?... ¿estás seguro que no estás queriendo pertenecer a ese grupo que no quiere pertenecer?...
-No sé. No entiendo.
No entendía en serio.
-¿Para qué lo hiciste, entonces? Siempre recordá que hay cosas peores que sentirse solo. Pero pensá antes de hacer las cosas. O al menos hacete cargo de las consecuencias.
Supe que no iba a entender.
-Bueno... ¿ahora podemos ir a casa? Prometo no hacerlo más. En serio.
Luego de esa pequeña charla entró la preceptora y comenzó a explicarnos lo que significaba una suspensión. Yo todavía estaba nervioso por lo que había pasado en la sesión (mucho más que porque la escuela había descubierto que me había rateado), pero creo que pude aguantar bastante dignamente los reproches de Dios (papá) y de Sandra (la preceptora). Terminada la exposición volvimos, mi papá y yo, a casa, donde mamá nos estaba esperando para vomitarnos (a ambos) un discurso aún más críptico y engañoso que el que mi Dios me había dado hacía sólo unos minutos.
Nunca más, nadie, me volvió a preguntar nada sobre él.
Fuí al médico y llegué 10 minutos antes del turno.
Estaba esperando en el hall de entrada para sacar un bono cuando creí escuchar mi nombre de la boca de una mujer. Caminé hacia la zona de los consultorios y vi a una doctora (una señora mayor en un guardapolvo blanco), que al notar que me acercaba me miró (con algo de desprecio) y dijo:
-Venga... ya son las 5.
-Perdón, es que estaba esperando para sacar el bono... - le contesté, de manera extremadamente forma.
-Después lo hace. Venga, pase.
-Bueno.
Luego de esa mínima charla introductoria, la seguí hasta su consultorio y se dió una conversación más o menos así:
-Siéntese.
-...
-Sí. Dígame.
-Bueno, yo venía porque estoy teniendo dolores de cabeza muy seguidos... cada 2 días, más o menos.
-Sí.
-Ayer, por ejemplo, estuve con dolores... y lo único que me lo saca es el Migral. O sea... yo tomo Migral y se me pasa, pero me dijeron que no tengo que tomar eso porque hace mal al estómago y, bueno... no sé. Quisiera saber qué puede ser.
-...
-Yo vine acá, no sé si me atendió usted, y me mandaron a hacer unos anteojos, porque una de las teorías era que este tema de los dolores fuera por estar trabajando todo el día con la computadora. Y yo tengo una pequeña deficiencia en el ojo izquierdo.
-Bueno.
-También ando sintiéndome mal del estómago. No sé si es por los analgésicos... además yo no como mucho como para andar tan mal. No desayuno, y a veces no ceno. A veces me como una fruta...
-Ese sobrepeso que tiene usted no se logra con una fruta, discúlpeme.
-Bueno... obvio. Como mal. Pero no creo comer tanto como para estar así.
-...
-Hago deporte tres veces por semana...
-¿Qué hace?
-Juego al fútbol 2 veces por semana y una vez al paddle.
-¿Juega?
-Sí, juego... ¿por qué vendría hasta acá para mentirle?
-¿Hace dieta?
-No. No hago.
-Ajá... ¿y cuál es su horario laboral?
-¿Horario?
-Sí... horario. ¿Me entiende?
-De 9 a 4.
-Ah, entonces tiene tiempo para hacer deporte.
-Sí, por eso lo hago.
-¿Fuma?
-No.
-¿Drogas?
-No.
-¿Nada?... ¿marihuana?, ¿cocaína?
-No. Nada.
-¿Extasis?
-No.
-¿Seguro?
-Sí.
-¿Dieta no, no?
-No.
-¿LSD?
-No. Nada...
-¿Dónde nació?
-¿Dónde nací?... en Bernal. Pero viví en Wilde toda mi vida.
-¿Y sus padres?
-También. Son de Avellaneda.
-¿Abuelos?
-Salvo una de mis abuelas, el resto son argentinos. También vivieron en Avellaneda. Algunos en Dock Sud, otros en...
-Bueno. Se va a hacer unos estudios y cuando los tenga vuelve y los vemos.
-Ah, le comento, por las dudas... yo tengo historial de tiroides en la familia...
-Sí, ese estudio se pide siempre que hay sobrepeso de por medio.
-Bueno. Igual, yo venía más que nada por el tema de la cabeza.
-Hágase estos estudios, vuelva, y lo charlamos.
-Está bien... pero yo quisiera solucionar el tema de la cabeza antes.
-Venga cuando se haya hecho los estudios.
-...
-¿Algo más?
-¿Cómo hago con el bono?
-Sáquelo y déjeselo ahí, a los chicos de las computadoras.
-Chau, hasta luego. Gracias.
Salí del consultorio y mientras estaba pagando el bono (que me costó $10) lo ví a Orlando Barone esperando para sacar un turno y lo saludé con la mano.
Me devolvió el saludo.
Me fuí del sanatorio sintiendo un poco de pena por ese viejito de mierda que aparece en la tele.
Entran un argentino, un gallego y un judío a un bar.
El judío entra primero y los otros dos cruzan la puerta detrás de él, conversando.
El argentino, con cierta moderación, continúa con su argumentación:
-Yo te entiendo, pero... ¿sabés lo que pasa?, no creo que la identidad futbolística tenga sentido fuera del ámbito deportivo. Y no lo digo para sentirme más que las personas que disfrutan del fútbol, porque yo también siento pertenencia por cosas que me hacen analizar el mundo en términos absolutos, pero... bueno, no creo que ese conjunto de abstracciones sea algo lo suficientemente "real" como para enorgullecer a todo un país.
-Bueno, tío... disiento con algunos de vuestros puntos pero creo que en el análisis general estamos de acuerdo. Aunque, siendo sincero, vuestra necesidad de crear de cada tema de conversación una tesis me resulta más interesante que el fútbol y su lugar en la cultura.
El argentino esboza una sonrisa y palmea al gallego en la espalda.
El judío, a unos metros de ellos y ya sobre la barra, les llama la atención:
-Muchachos, digan qué quieren tomar. Yo invito.
Un tiburón blanco salta desde la barra y devora al judío, al gallego y al argentino (en ese orden) y luego se retira del bar silbando "Everybody hurts".
***
-Nunca me cogería una mina que estuviera re buena si sólo le interesara mi status de rockero famoso. Eso si fuera un rockero o famoso, cosa que no pasaría nunca porque no me gusta la fama: creo que es una cagada caer en la mediocridad que significa crear arte para un público general y ganar dinero con la repetición de estructuras... no habría ruptura, no habría violencia en lo que hago. Ojo, igual tampoco creo estar empatizando con el rock o con la contracultura que tiene asociada. Creo que estoy viejo para esa carga de rebeldía impostada. De cualquier manera, empiezo a darme cuenta de que estoy viejo para muchas cosas. Inclusive, a veces, hasta para coger.
-Lo entiendo... ¿ya eligió el juguete para la "Cajita Feliz" del nene?
***
Mi casa, mis paredes, mis columnas (no pienso), la sorpresa en el espejo, mi mujer (las mujeres), mis viejos, el laburo, mis aspiraciones, la falta de aspiración (la inspiración), lo que me gusta, lo que desearía que me guste (esclavo de la biología), la gente como algo abstracto, mis amigos, los amigos de mis amigos, la gente que me mostró lo que no quería ver (no me dejen solo), la gente como una cosa, yo como una cosa, estar conmigo, no estar con nadie, pensar en alguien (el horrible hedor que genera el reinicio perpetuo).
Un chiste que perdió la gracia (aunque, capaz, en realidad, nunca la tuvo).
Me gusta escribir.
Me gustan muchas cosas... y una de ellas es escribir.
Nunca le dediqué el tiempo necesario a aprender a hacer "bien" las cosas que me gustan, porque siempre hubo un plan B (brindando seguridad y estabilidad a la cosa), que en muy poco tiempo se convertía en plan A y hacía evolucionar al anterior plan A en un pasatiempo.
Está a punto de llover.
Es domingo. Es temprano. Suena Toxica, de Babasónicos.
Me gusta escribir y casi siempre escribo de lo mismo (hoy no va a ser la excepción).
Cuando no escribo sobre mí, escribo sobre lo que me gusta, me inquieta o me interpela (básicamente, siempre escribo de mí).
Me gusta sentir que me leen. Ya sé que normalmente digo lo contrario, pero cuando alguien me lee me siento un poco menos solo.
No, no es emo. Es muy normal (humano) sentirse solo (bueno... puede ser un poco emo).
Me gusta usar paréntesis, por eso los uso.
Escribo sobre mis caprichos, de manera caprichosa, y por eso hoy voy a contar la historia de dos parlantes que hace mucho están conmigo (sí: dos parlantes).
Hace mucho tiempo fuí un pibe de 17.
Sí, es un capricho, pero voy a arrancar la historia a los 17 años (bueno... mitad capricho, mitad no me acuerdo más para atrás (mitad "lo anterior existe sólo para ser analizado por un profesional")).
A ese pibe que fuí le gustaba el rock. No sabía por qué, pero le gustaba (podía estar horas discutiendo cosas como: "¿quién es más duro?: ¿Kurt Cobain o Rob Halford?").
Podría decir que le gustaba la música, pero estaría mintiendo.
Ese pibe de 17 fué el que empezó a salir con mi señora.
Le gustaba el rock, y por eso no sabía tocar ningún instrumento. Aún así, terminó en una banda, llenando el vacío de un pibe-no-tan-pibe que dejó la música porque se hizo policía (la historia de él es seguramente más dramática e interesante que la de estos parlantes, pero este es mi blog y... bueno... me lo cojo cuando quiero). Yo/el pibe de 17 se hizo cantante sin saber un ápice de música.
Sí... es probable que pase de la primera persona a la tercera.
Sí: no sé escribir. Es por eso que me confundo los tiempos verbales y las personas. Es por eso.
A todo esto, el pibe de 17 cumplió 18, y después 19. Durante ese tiempo quiso aprender música pero no pudo: era vago. Y, además, le gustaba el rock... no la música. Y el rock no se aprende, dicen.
Se recibió como pudo. Se convirtió en un papel con muchos números: "Técnico aviónico", decía el papel.
Buscó trabajo y consiguió. Fábricas, reparaciones de fotocopiadoras... cosas de esas. Nunca cosas "aviónicas". Sí muchos ensayos y algunos recitales en vivo dónde perdía plata pero ganaba eso que le gustaba, aunque a veces no se acordara muy bien qué era.
Un mediodía en un taller en la calle Tacuarí, donde laburaba el pibe (que ya tenía 20 (o 21)), mientras discutía con su mejor amigo por teléfono por una boludez (siempre son boludeces, aunque eso no significa que no sean importantes), le presentaron a una de las personas más odiosas que se cruzaron en su camino. Era un flaco nuevo, un pibe más joven que él que, según su jefe, prometía un montón. Hoy puedo aceptar muy tranquilo que el tipo podía ser irritable, pero muy inteligente.
En ese momento, los ensayos con la banda se hacían en la casa de los hermanos González, en Solano. Era un paso muy importante para la banda poder separar las voces de la guitarra. Físicamente. Pasarlas por otros equipos (¿se entiende la marginalidad?). Y este pibe, el compañero nuevo, era DJ. Hacía parlantes y cosas de esas, así que le pedí una potencia y unos parlantes (150W x 2).
Fué una linda época. Todo sonaba lindo. Hasta que dejó de sonar. Hasta que el pibe (ya seguro de 23) perdió amigos, banda, laburo... y cosas de esas. Y mudó la potencia y las cajas (y el carácter) a la casa de un amigo (no tenía lugar en mi casa (no todavía)).
Al poco tiempo empezó a tocar en otra banda. Eso lo llevó a conocer un montón de buena gente y otro montón de gente de mierda. Pero sobre todo conoció gente.
Se casó (con una mujer que no merecía, pero a fin de cuentas él no merecía a nadie, así que, bueno... eso) y compuso las mejores letras de su vida. Tuvo la mejor banda del Mundo.
Hizo cosas. Un montón. O sea... aprendió un oficio (que nada tenia que ver con lo que quería hacer realmente (o sí, pero porque capaz le daba verguenza aceptar que prefería ser un intrascendente antes que fracasar)), aprendió a tocar la guitarra (más o menos (menos que más)) y al tiempo intentó poner una sala de ensayo con un amigo.
Sus parlantes sonaban en su sala de ensayo. Su voz (gritos (cosas)) volvía a salir por esas cajas. Pero la pelotudez duró poco: fracasó (y tuvo sentido... tuvo todo el sentido (porque a él le gustaba el rock (él no podía hacer otra cosa salvo fracasar))).
Es difícil hacerse cargo de las subjetividades ajenas.
Tuvo otras bandas. Ensayó en otras casas, en otras salas. Disfrutaba.
Los parlantes y la potencia seguían sonando, pero cada vez costaba más prenderlas.
Hasta ayer.
Ayer las cajas llegaron a casa.
Ayer colgó los botines.
Ayer creó una nueva excusa y la rodeó de un montón de mierda para hacer de cuenta que se daba cuenta de que es un tipo sin talento, al que le gustan las cosas pero no se banca la pelusa (es difícil hacerse cargo de las subjetividades ajenas).
Ayer dejó un par de cosas en el camino, pero lo importante es que me trajo las cajas a casa.
Ayer, sábado, conecté los parlantes gigantes a la consola potenciada y ésta última a la PC. Puse un disco (no me acuerdo cuál era) y lo escuché: Nunca pensé que estas cajas podían sonar tan bien. Nunca habían sonado tan bien.
Es domingo, son 9:16 de la mañana, y estoy a punto de poner un disco de Baroness (es una especie de stoner-rock con onda (me gustan mucho)).
Me gusta escribir (aunque no lo sepa hacer). Ah, y me gusta leer.
Me gustan los comics (otro día capaz que uso algo de su simbología para descargar alguna frustración, pero por hoy creo que ya estoy hecho).
Upa... se largó a llover.
Ah, me olvidaba: gracias.
Julián no podía evitar demostrar lo nervioso que lo ponía la actitud de Martín que, sin levantar la mirada del paquete de Oreo, le contestó muy calmado:
-Sí, te escuché la primera vez... ¿vos sabías que estas galletitas son veganas?... bah, eso dicen.
-¿Pensás seguir tomando mate como si nada?
Martín no estaba interesado en lo que le estaban diciendo (o sí, pero lo disimulaba muy bien). Es que esta era una información con la que él ya había tenido contacto una semana antes. Pensó mucho en lo que esto representaba y había tomado una decisión definitiva: no le iba a importar. Y punto. Y listo. Y, si bien pensaba hacerse cargo de la posición que estaba tomando, tampoco tenía por qué darle explicaciones a nadie. Bah, por lo menos eso pensaba él.
-¿Vas a decir algo sobre lo que te acabo de contar?
Julián estaba cada vez más sacado. Pero ese nerviosismo no tenía tanto que ver con la noticia sobre Martín sino con una carta de la AFIP donde lo intimaban a presentarse y pagar un montón de dinero que no sabía que debía (más intereses). Al parecer, la contadora blanqueaba dinero de otras empresas sobrefacturando a nombre de la suya (o algo así). Lo importante es que Julián no conseguía comunicarse con esta mujer, supuesta culpable de todo el problema, y eso lo estaba volviendo loco. Y, aparte, estaba toda esta locura de Martín y los clones.
-Ya te dije que no pienso decir ni hacer nada.
Martín amagó a pararse de la mesa pero rápidamente se dio cuenta de que la cocina era demasiado pequeña como para ganar algo de tiempo al calentar el agua del mate, o hacer café… o algo. Así que sólo se reacomodó en la silla.
-¿Pero no te das cuenta que esto puede ser una bomba? - de vuelta, Julián intentaba hacer entrar en razón a Martín de la manera más pragmática que se le ocurría.
-¿Una bomba para quién?
-Para todos… ¿no hablaste con el profesor Hamilton?
-Sí.
-¿Y no te dijo que no sos el único?... ¿que está todo “armado”?
-Sí.
-¿Y no pensás hacer nada?, ¿en serio?
Martín había escrito un montón de tuits diciendo que era un clon, y todos lo tomaron en chiste. Eso lo hacía reír mucho (por dentro).
Todo este problema lo había agarrado en un mal momento. No estaba bien con su novia, y le estaba gustando cada vez más Luciana, que era una amiga que no era amiga pero era amiga. Este renacimiento de la incertidumbre lo estaba llevando a lugares mentales que le parecían ridículos por un lado, y excitantes por otro. Pero, sobre todo, lo hacía pensar en las posibilidades. Y de eso quería hablar en el fondo con Julián: de las posibilidades. Y, sobre todo, de Luciana.
Agarró la pava, cebó un mate y se lo dió a Julián. Casi sin mirarlo e intentando correr la conversación, preguntó:
-¿Hace cuánto que no nos veíamos?
-No sé.
Julián tomó el mate y lo apoyó en la mesa. Martín lo miró un segundo y habló casi sin pensar:
-¿No sentís que todo esto de madurar nos alejó?
Cuando terminó de escuchar esto, Julián estuvo a punto de mandarlo a la mierda. Él, en el fondo, sentía que los problemas de la mayoría de sus amigos (incluyéndolo a Martín) eran boludeces. Que, justamente, el problema era que él había madurado y el resto no. Problemas eran otros… no las boludeces de no aprobar una materia o alguna minita que no daba bola. “Un problema es la AFIP”, pensaba. De cualquier manera, le contestó:
-No. Bah, puede ser. Creo que no tenemos el tiempo que querríamos para compartir.
-¿En serio?... ¿pero no pensás que esto de no compartir vuelve el mundo un poco más chico?... ¿casi como si el mundo fuera cada uno, separado del resto?
-Es lo que hay, Tincho.
-Bueno, a eso voy… - Martín se paró para darle más énfasis a esa idea que se le acababa de ocurrir y Julián supo que esto sólo podía terminar en un monólogo o en una fuerte discusión. – ¿no te parece que podría existir un mundo donde no te resultara tan fácil aceptar que yo fuera un clon?
Julián creía saber hacia dónde iba la conversación y no le gustaba. Pero no pudo evitar preguntar.
-¿Cómo?
-Sí, claro… ¿no pensás que si tipos como Superman o Flash nunca hubieran aparecido esto sería distinto?
-Esta conversación está perdiendo sentido muy rápido.
-A ver… - Martín se apoyó en la mesada, dándole la espalda a Julián. Bajó la cabeza y prosiguió. - lo que quiero decir es: ¿esto de vivir cada vez más solos no nos debería volver más perceptivos a los mundos de los demás?... ¿más conscientes de otras cosas?
-AFIP. Tengo que pagarle 150 lucas a la AFIP… ¿te gusta mi mundo?
Martín se dio vuelta, salió de esa especie de trance existencialista y miró a Julián con cierta ternura.
-Uff… no. Perdón… ¿te puedo ayudar en algo?
-No. Salvo que tengas 150 lucas.
-No las tengo. Pero… bancá – se volvió a sentar en la mesa -. Te entiendo que tengas estos bardos… ¿pero no me podés seguir en lo que te estoy diciendo?
Julián no supo qué decir. No sabía si irse, si llorar un rato, si decirle que era un pelotudo o que lo quería… así que, simplemente, se lo quedó mirando.
-Yo digo que capaz esto no debería ser algo común. Clones, tipos con armas enormes, mutantes, extraterrestres… en serio, estaría buenísimo, capaz, no sé… verlo con ojos nuevos. Estaría bueno mirarnos con ojos nuevos… ¿no?
-No se puede. Lo que vos podés hacer ahora es llamar a algún fiscal y hacerte cargo de que sos un clon.
-¿Y esa gente que es como yo?
-¿Los otros clones?
-Sí.
-Van a saber la verdad.
-Les voy a cagar la vida.
A Julián le sonó el teléfono: era la contadora. Dudó un segundo entre atender o seguir con lo que Martín le estaba diciendo pero finalmente decidió cortarle. Sabía que esto que estaba haciendo era una pelotudez, pero en la duda reaccionó casi instintivamente.
Martín lo vió mirando el celular y entendió que a su epifanía le quedaba poco tiempo de atención.
-Capaz que no. Han pasado cosas más raras. ¿No te acordás de la invasión thanagariana?... la gente siguió con su vida. La gente siempre sigue con su vida.
-Sí. Me acuerdo. Pero igual… ¿vos me entendés, no?
Julián no le entendía un carajo, pero no podía seguir hablando: tenía que llamar a la contadora que lo estaba buscando. Así que asintió con la cabeza y se paró de la mesa mirando el celular.
-¿Te tenés que ir a la mierda?
-Sí… la contadora.
-Dale, no hay drama… ¿nos podemos ver en la semana?... necesito contarte algunas cosas. Son boludeces.
-Nunca son boludeces.
Julián mentía. Pero no era para tanto. Si Martín estaba bien, valía la pena. Y, además, tenía que irse.
-Dale. Te abro. Y gracias por venir.
-De nada.
Fueron los dos hasta la puerta de calle casi sin mirarse. Martín abrió la puerta y miró hacia la esquina más cercana mientras escuchaba la desactivación de una alarma. Cuando volvió a mirar, Martín ya estaba en el auto saludando y yéndose de contramano.
Esa noche, Martín se sentó en la pc, dispuesto a hablar con Luciana y decirle que… bueno, no sabía muy bien qué, pero algo. No pudo. Intentó con unos vasos de whisky encima, pero tampoco lo logró. Tenía miedo… mucho miedo. Demasiado. Pero ya estaba frente a la computadora, así que escribió en Facebook: “Soy un clon. Tengo pruebas”. Después de esto, intentó llamar a Julián para contarle de Luciana. Nunca lo atendió. “Capaz está en un quilombo”, dijo para sí (“es un hijo de puta”, pensó realmente).
A las 2 horas, un auto negro, con dos hombres de traje, estaba en la puerta de su casa para llevarlo a una reunión con una tal Amanda Waller.