sábado, 22 de enero de 2022

VII (Mar Del Zvr)


Sabe que está soñando.
Siente las extremidades moverse, pero no está seguro de que él sea el que está al mando.
No sabe si está flotando en el agua o está volando.
Todo debería ser oscuridad pero puede sentir la luz, los colores.
No puede abrir los ojos así que intenta (¿es él el que tiene el control?) forzar los párpados con sus dedos. Pero su piel no es piel, parece derretirse al tacto.
Sigue sin poder ver.
Escucha que le gritan desde lejos. Sabe que es a él al que llaman, pero no reconoce el nombre.
Está desesperado, quiere despertar.
Ya no tiene cara. Es una máscara. No se la puede sacar (¿no se la quiere sacar?).
Ve un animal muerto y vivo a la vez.
Siente la llegada de recuerdos, pero nada concuerda con su historia.
¿Son historias?
Son máscaras.
¿Quién cuenta las historias?
¿Quién cuenta su historia?
Recuerda asesinar a Beta, pero él es Beta.
Es Ariel, pero tiene su rostro pintado. No, tampoco es su rostro. Es otra cosa.
¿Quién es Beta?
Una cueva. Olores conocidos.

Ø. El viejo es Ø.
La playa, los huesos. Otra vez.

Sabe que está soñando, pero no puede despertar.

viernes, 21 de enero de 2022

VI (Mar Del Zvr)


Le resulta difícil entender los movimientos. Pero no puede dejar de mirarlo.
Es Ariel. Está en la cima de la meseta. Solo. El sol flota por encima de la montaña, a la distancia.
Está bailando.
Beta se mueve lentamente hacia él, casi sin darse cuenta.
Es hipnótico.
Él sólo quería estar lejos del ruido. Hizo trampa, lo sabe. El momento se ve atravesado por la culpa. Un tipo de culpa particular. Compartida, en silencio. Ariel también está haciendo trampa. Bailando, para el sol. O la montaña. Recuerda que algo de eso le había dicho. “Para calmar al volcán”.
Es hermoso.
Ya no recuerda por qué había elegido ir a ese lugar.
Y se acerca cada vez más a Ariel. Sabe que lo está haciendo, y no se reprime.
Nota una silueta extra en el suelo. Una sombra grande. La reconoce. Deja de acercarse. Escucha la voz de Hom, pero no entiende qué dice.
-¿Eso es lo que viste? -pregunta Ariel, sin dejar de moverse.
Beta se acerca muy de a poco. Ya no para disfrutar sino para saber.
Hom le contesta con la cabeza y le muestra algo. Algo similar a una roca. A su roca. Le dice que esta vez necesita “pintarlo”. No entiende las últimas palabras.
Hom se sienta a un lado del círculo invisible que forma Ariel con sus movimientos.
Beta busca lentamente un lugar desde el cual pueda ver a ambos. Intenta no hacer ruido. No es instinto, es otra cosa.
Espera.
Reconoce ciertos gestos, otros le resultan ajenos. No sabía que ellos se entendían. Que estaban juntos. Tanto. Se siente raro. Hom es violento, y además lo detesta. A Beta. Nunca se lo dijo, pero él lo sabe. Pero ahora, en este momento, parece ser… dócil. Está tranquilo. Ahora abraza a Ariel, que se recuesta a su lado. Se acercan lentamente. Beta sabe que no debería estar ahí, pero no se puede ir. Teme hacer ruido y que sepan. Que piensen que los está espiando. Así que sólo aleja la vista y se focaliza en el paisaje por encima de los dos. En la montaña, en el sol.
Escucha a Ariel que dice algo. “Somos el miedo”. Cree que dijo eso. No sabe qué significa. Continúa observando el paisaje.
Es hermoso.

V (Mar Del Zvr)


No puede continuar, no se puede concentrar. Otra vez está haciendo “garabatos” en la tierra (o eso es lo que contesta cada vez que alguien le pregunta). El grupo está cerca y no puede evitar oírlos (ya no necesita comprender los gestos, entiende sus códigos, su lenguaje, casi como si no fuera procesado, como si nunca lo hubiera aprendido... simplemente “recordado”): están analizando algunos ruidos que Hom escuchó durante la noche, dice que está seguro que fueron “los otros”.
No importa quién es Hom. Es grande. Lo escuchan. Tal vez es lo que pudiera haber sido Beta en otro… ambiente. Lo escuchan siempre.
Beta entendió que es un tiempo por un tiempo, un hombre por un hombre. Le dan seguridad, y él les entrega… su fuerza. Es lo mejor, es lo justo. Él cumple, lo dejan tranquilo. Cumple con sus obligaciones. Deberían dejarlo tranquilo. Es lo justo. Pero todo el tiempo lo están empujando dentro del grupo. Y él no desea… estar. Quiere (necesita) su momento. Ya terminó con sus trabajos, ya obedeció. Por el bien de todos, claro. Pero este es su tiempo, y con él quiere reproducir, quiere recuperar las imágenes que aparecen frente a él durante los momentos de paz. De paz, cuando está solo.
No quiere alejarlos, pero el producto del grupo, del “colectivo”, es gris. No le interesa. No le interesa lo que salga de esa reunión.
O tal vez tenga miedo de no valer.
“Pero ya valgo”, piensa. Es un reflejo. El valor del grupo siempre es un reflejo. Pero no quiere pensar en eso, no tiene que perder la concentración. Se fuerza a continuar con su trabajo en la tierra.
-Es una playa.
Se llama Ariel. Se acercó a él y, sin pedir permiso, revisó lo que estaba haciendo. A Beta no le molesta.
-¿Te gusta?
-¿La… “playa”? -contesta Beta, confundido.
-No. “Beta”.
Se dió cuenta, recordó. Su nombre. Su primer contacto.
Ariel le roza la mano con la suya.
(¿Se siente bien?)
“¿Por qué no está cómodo acoplándose?”
Siente la leve impresión de que todo esto está sucediendo en otro lugar. Como si fuera el recuerdo de un recuerdo. Sin embargo no puede dejar de intentar descifrar sus razones.
-Siento lo mismo, pero no tenés por qué estar solo.
Ariel le dice esto y vuelve al grupo. Beta no lo sigue.
No, no quiere seguirlo… pero siente la necesidad de expansión. Y es instintivo. Tiene que saber. No puede alejarse, no puede ceder. Tiene que llamar la atención. Su nombre. Vale.
-¿Por qué querrían atacarnos? -grita, pregunta, cuestiona desde el lugar.
Y borra el paisaje que estaba dibujando en la tierra.
“La playa”.

jueves, 20 de enero de 2022

IV (Mar Del Zvr)


La tormenta se acabó. El cielo está limpio.
Tranquilidad en el aire.
Son... como él. Son muchos y parecen estar organizados. Eso es una de las pocas cosas que entendió. No investigó mucho, prefirió el silencio. Ante la mayoría de las preguntas respondió asintiendo o negando. Extrañamente, todo ese intercambio le resultó natural.
Ahora está solo. Quieto. Lejos del resto. Desde donde se encuentra sólo puede ver sombras que se mueven. Parece magia (¿no natural?), los sonidos se presentan desde varias partes, completamente separadas de la imagen. Disfruta del espectáculo.
Las voces le traen recuerdos. Siente que los entiende (las voces... ¿los entiende?)
"Beta", lo llaman desde el fuego. Y Beta, instintivamente, decide (¿decide?) acercarse. Deja lo único que siente suyo, su roca hueca, y se acerca al grupo.
Debería sentirse incómodo. Le preguntan sobre sus orígenes, dónde vivía, con quién. Beta no puede responder, o no quiere (o no sabe cómo).
Risas y golpes. Y códigos. Y dinámicas de confianza e historias. Sobre todo historias. Historias de conquista, de batallas, de sacrificios. Hablan de “apagar el grito de la montaña”. Señalan un punto en el cielo, pero Beta no termina de comprender. Casi todas las historias terminan violentamente. “Tiene sentido”, piensa. Asume. Cree que tiene sentido. Son como él.
Hay algo interesante en cómo funcionan los relatos sobre los narradores, los protagonistas. No puede identificarlo, pero le sorprende que detrás de cada decisión, de cada conflicto, haya una explicación. No comparte el orgullo, no puede. Pero disfruta del significado que subyace. Aunque él no tenga nada para contar. Nada que tenga sentido contar.
En un momento, uno de ellos, más joven que él, se acercó y le dijo “perdón” sonriendo. Y volvió al grupo corriendo.
“Perdón”.
Las historias continuaron hasta la salida del sol. Cree que en algún momento se durmió, pero sabe que su noción del tiempo a veces lo traiciona. Puede que lo haya soñado o inventado, pero está casi seguro de que el viejo se sentó a su lado durante un rato y le dijo muchas cosas. Está casi seguro de que conversaron, discutieron. Está casi seguro de que fue real.
Piensa que se tiene que acostumbrar, que toda esta confusión va a pasar. Se siente bien, está, como le dijeron, “en casa”.

miércoles, 19 de enero de 2022

III (Mar Del Zvr)


Las gotas golpean su rostro.
Es de noche y está lloviendo. Por un momento creyó que todavía estaba soñando, pero no es así.
Escucha un estruendo a lo lejos. Instintivamente, intenta refugiarse debajo de un tronco.
Está empapado. Se arranca parte de su vestimenta e intenta tapar la entrada de agua.
Tiene frío, pero descubre que el dolor de sus pies disminuyó. Eso también fue real.
No recordaba estar cubierto, “vestido”… pero no es algo importante en este momento.
Una luz en la oscuridad y muy poco tiempo después un grito en el cielo. El trueno.
El agua corre debajo de él. Se focaliza en eso.
No debería tener miedo, pero los sonidos son extraños. Comienzan a mutar.
(¿Son pasos?) Otro trueno.
La intensidad y el volumen de los ruidos aumenta. Se acercan a él.
Sale de su escondite y corre. Corre debajo de la lluvia.
No debería tener miedo.
¿Hace cuánto escapó de la cueva?... ¿era una cueva?
Se imagina en otro lugar, a la orilla del mar. Chequea su roca hueca. Chequea que todavía está con él. No, no debería importar, pero importa.
Corre.
(¿Qué es este lugar?)
Tropieza, pero se recupera inmediatamente y ve un conjunto de ramas bajo las cuales esconderse. Lo están buscando, cada vez están más cerca.
Siente que están detrás de él. No sabe por qué tiembla tanto: ya estuvo frente a predadores, ya corrió por su vida. Pero esto es distinto.
El sueño.
Se siente indefenso. Está a punto de gritar, de buscar ayuda, pero sabe que nada va a responder, está a merced de lo que lo persigue.
No sabe gritar.
Se acurruca detrás de un árbol y se tapa el rostro con sus manos.
Reconoce los sonidos, los pasos. Son muchos, son más.
Se detienen cerca de él. No puede (¿no quiere?) ver.
El mundo parece detenerse.
No desea, espera.
Algo (¿alguien?) toma sus manos y las separa. Lo obliga a abrir los ojos con un grito potente.
Le comunican que fué salvado, que el peligro es y era real.
Y se siente aliviado.
Lo cubren del agua con unas mantas. Son muchos y son como él. Uno de ellos, el más joven, lo nombra ante el resto: “Beta”.
Todavía tiene miedo. Es un miedo con algo de seguridad. Miedo de no saber, pero… no lo entiende. Es una mezcla extraña.
Beta.
Acepta acompañarlos.
Beta.
Cree reconocer a uno de ellos, al más viejo, que camina separado del grupo. "No tiene sentido", piensa. Pero cuando sus miradas se cruzan, ambos desvían la atención disimuladamente.
Beta continúa caminando a la par del resto.
Finalmente ve luz en el horizonte, un fuego que quiebra la oscuridad de la noche. Le indican que ya están cerca.
Beta se siente seguro.

martes, 18 de enero de 2022

II (Mar Del Zvr)


Sus pasos son torpes. No puede asimilar el paso del tiempo de la misma forma que lo hacía en la oscuridad, pero sabe que está cansado. Las plantas de sus pies desnudos están inundadas de llagas.
Dolor.
Nuevas sensaciones, y no todas son placenteras.
La necesidad y la certeza de que lo que lo rodea y su propio cuerpo puede (y tal vez debe) ser controlado.
Por momentos pareciera que el paisaje se crea ante sus ojos.
El mundo se mueve caóticamente. Sabe que no es lo mismo un animal, un insecto, o una planta.
Deja de moverse.
Decide conservar su lugar, su espacio.
Observa, oculto, detrás de unos árboles. Inmóvil.
Aprende de los animales. Cómo alimentarse de lo verde, cómo evitar a los predadores. Conocimiento: la posibilidad de adelantarse al resto. Al mundo. A los otros.
Aún así, se siente en desventaja.
Hay algo que necesita. Sabe, siente, que hay una amenaza que va más allá de lo que puede ver.
Se siente pequeño. O todo es demasiado grande.
Aún no puede entender qué es esa especie de roca que encontró a la salida de la cueva. “Texturas”, piensa. Otra vez (¿otra vez?), la palabra antecede a su significado.
Pasó el tiempo. Siente, sabe que pasó el tiempo, pero no puede pensar en forma de ciclos. Todavía sus sentidos no se acostumbran (¿para qué necesita saber cuánto hace que escapó?)
Todo está muy cerca. Todo esto que ve es el todo. Pero algo falla. Falta.
Piensa.
Piensa en hacia dónde se dirige. Cuál es la diferencia entre su destino y ese terreno verde, abundante, que tiene alrededor (¿por qué debería haber un destino para él?).
No lo sabe.
Así que decide salir de su escondite (¿cuántas noches estuvo oculto… fue sólo un rato?), acostarse en el suelo y extender sus brazos al cielo... en señal de tributo.
Cierra los ojos y piensa.
Y espera.
Espera por una respuesta.

lunes, 17 de enero de 2022

I (Mar Del Zvr)



Despierta. Olores extraños (le cuesta respirar). Oscuridad. Sonidos circulares lo confunden. No sabe lo que sucede (o sucedió). No sabe dónde está. Sus recuerdos son difusos. Ve un mar, o un río. Agua, mucha, que golpea sus pies. El sol (¿que es el sol?) brilla en el cielo y la luz que emite acaricia su rostro (hay algo extraño en la idea, en un “rostro”). La sensación. La palabra que aparece es “nostalgia”. Está en la orilla, parado, alrededor de osamenta. Algo lo golpea. Tinieblas nuevamente (¿eso era un sueño o un recuerdo?). Escucha voces (¿o es otra alucinación?). Grita. Comprende algo en el proceso. "Entiende" su voz, como si fuera la primera vez. Pide ayuda pero nadie responde (¿qué esperaba?). La voz parece alejarse (no la suya propia… la otra, la extraña). Comienza a arañar las paredes buscando una forma de escapar. Ya no hay voces, ya no “entiende”.
Ruido.
El ruido lo rodea.
Son moscas (¿pero por qué no son voces?).
Tiene miedo.
La humedad es insoportable.
Zumbidos.
Todo es barro (¿está bajo tierra?). Vuelve a sentir pasos y golpes. Una luz se cuela a través de las paredes. Las moscas. Patrones en la habitación, mensajes que no entiende en las formas (¿qué está buscando?). Golpea una y otra vez sobre la grieta hasta que consigue generar un hueco por el cual salir.
Respira profundamente y el color inunda el mundo. Descubre el horizonte detrás de lo salvaje. Llora. O más bien, lágrimas corren por su mejilla. No sabe por qué.
Cree oír algo detrás de él. Se da vuelta y ve algo que le llama la atención. No sabe qué es, pero lo toma.
Y avanza.
No mira atrás.
Logró escapar, aunque no sabe por qué ni de dónde.

XVII (Mar Del Zvr)

Es real. No es tan pacífico ni tan colorido como lo había imaginado, pero es real. Llegó. Llegamos. Soy real. Siempre fui real.